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Energía y Soberanía, el Mapa del Poder

 

30.07.25- Santiago de Chile – Mauricio Herrera Kahn

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https://www.pressenza.com/2025/07/energy-and-sovereignty-the-map-of-power/

(Imagen de Juan Carlos Marín)

Quien no controla su energía no tiene patria. Tiene territorio.

El mundo energético y el nuevo colonialismo

La energía no es solo electricidad, ni solo petróleo, ni meras turbinas girando al viento. La energía es poder. Es independencia o servidumbre. Es guerra o desarrollo. Y lo que presenciamos hoy, a escala planetaria, no es una transición limpia hacia un mundo verde, sino una reconfiguración brutal del poder global. Bajo el delicado lenguaje de la descarbonización se esconde una carrera por el control de fuentes, minerales, rutas y tecnologías.

Quien domine la energía, domina el mundo. No importa si se trata de carbón, petróleo, gas, litio o uranio. Tampoco importa si es renovable o fósil. Lo que importa es quién controla el cambio. Y hoy, ese cambio ya no está donde antes. Estados Unidos ya no lo controla todo. Europa es cada vez más dependiente. China lo codifica. Rusia lo usa como arma. Y el Sur Global, como siempre, lo delata.

Durante siglos, los imperios se construyeron con minas, esclavos y barcos. Hoy, se construyen con cables de cobre, reactores nucleares, hidrógeno verde y baterías de litio. Pero el patrón no ha cambiado mucho. África sigue exportando sin refinar. Sudamérica sigue produciendo sin transformar. Oceanía sigue excavando en busca de otros. Y la Antártida espera, congelada, ser dividida.

El nuevo colonialismo no viene con cruces ni fusiles. Viene con contratos, patentes, subsidios y tratados de libre comercio. Habla inglés, a veces chino. Se presenta como «inversión», pero opera como saqueo. Porque tener energía no basta. Hay que controlarla. Procesarla. Decidir sobre ella. Y en este siglo, eso será soberanía, o no será nada.

  1. Una breve historia energética del mundo

El primer acto de poder humano fue encender una llama. No había lenguaje ni tratado, solo fuego. La energía, antes del lenguaje, era soberanía. Desde el Neolítico, la humanidad ha sobrevivido dominando una fuente de energía, expandiéndola, distribuyéndola y, finalmente, convirtiéndola en hegemonía. Primero llegó la leña, luego el carbón vegetal. Con estos, se cocinaban los alimentos, se fundían los metales y se construyeron las primeras ciudades. Pero el capitalismo aún no había llegado. La energía aún no era una mercancía.

La Revolución Industrial lo cambió todo. El carbón dejó de ser doméstico para convertirse en imperial. Inglaterra construyó su imperio sobre minas profundas, chimeneas, locomotoras y fábricas. Las ciudades se llenaron de humo, los pulmones de hollín, pero los tesoros de Europa crecieron. La máquina de vapor fue más decisiva que cualquier rey.

Luego llegó el petróleo, el gran líquido negro del siglo XX. Los ejércitos se movieron con él. Los rascacielos se alzaron con él. La globalización se construyó sobre él. Cada golpe de Estado en Oriente Medio, cada invasión en Latinoamérica, cada guerra disfrazada de democracia tenía un oleoducto o un contrato de extracción detrás. Y cuando el petróleo empezó a revelar su coste ecológico, llegó el uranio: la promesa atómica. Energía infinita, decían. Hasta que se oyeron los nombres de Chernóbil, Fukushima y Three Mile Island.

Las presas eran la otra cara de la moneda: control del agua, desplazamiento de comunidades enteras, inundación de vastos bosques. Las grandes centrales hidroeléctricas prometían modernización, pero a menudo solo consolidaban la desigualdad. En los lugares donde se generaba energía, la luz a menudo nunca llegaba.

El siglo XXI trajo la gran transición, pero no como una solución, sino como un negocio. La energía «verde» estaba controlada por los mismos actores de siempre. El litio reemplazó al petróleo, pero los contratos siguieron siendo coloniales. Hoy, las matrices energéticas definen si un país será libre o subordinado, si será generador o sirviente. Porque la matriz no cambió, solo cambió el color del saqueo.

  1. África: Un continente iluminado desde fuera

África arde. No por su gente, sino por su energía. El continente más soleado del planeta, con ríos caudalosos, desiertos infinitos y reservas subterráneas rebosantes de petróleo, gas, uranio, carbón y luz solar, sigue siendo una tierra oscura. No por falta de recursos, sino por el saqueo desmedido.

Nigeria bombea millones de barriles diarios. Angola exporta crudo a China y Europa. Libia fue mutilada no por su dictadura, sino por su petróleo. Argelia es una potencia gasífera que mantiene a media Europa caliente, mientras su propia población sufre apagones. Mozambique, recientemente descubierto, se ha convertido en el nuevo objeto de deseo de las principales corporaciones gasísticas mundiales. Y el uranio de Níger alimenta las centrales nucleares francesas, a pesar de que más del 80% de la población nigerina no tiene acceso a la electricidad.

La República Democrática del Congo posee uno de los mayores potenciales hidroeléctricos del mundo, con el río Congo rugiendo como una turbina natural. Pero su energía aún no logra electrificar aldeas, iluminar escuelas ni refrigerar vacunas. Se exporta. Se privatiza. Se regala.

Mientras tanto, el sol africano, ilimitado y omnipresente, aún no se ha convertido en una fuente de energía soberana. Grandes compañías energéticas europeas y chinas han comenzado a instalar enormes plantas solares… pero para exportar electricidad a Europa mediante cables submarinos. África está iluminada, pero desde fuera.

El setenta por ciento de las fuentes de energía de África están controladas por empresas extranjeras. Shell, TotalEnergies, ENI, Sinopec. Las siglas cambian, pero el modelo no. Es el mismo de siempre: el recurso fluye, la riqueza no. La energía se extrae, pero nunca se redistribuye. El kilovatio africano viaja por el mundo, mientras millones de africanos cocinan con leña.

No se trata de un problema técnico. Es una estructura de poder. Es un continente que no define su propia matriz energética. La obedece. África produce y exporta, pero consume apenas el 3% de la energía mundial. El mismo continente que impulsa al Norte Global muere en la sombra.
África ilumina el mundo, pero muere en la oscuridad.

  1. Sudamérica: Abundancia sin autonomía

Sudamérica debería ser una potencia energética mundial. Tiene petróleo en Venezuela, Brasil, Colombia y Ecuador. Gas en Bolivia y Argentina. Cobre en Chile y Perú. Sol en el Altiplano. Viento en la Patagonia. Agua en la Amazonía y en los ríos que atraviesan el continente como arterias líquidas. Y, sin embargo, aún depende de la inversión extranjera, las exportaciones de materias primas y la eterna promesa de «industrializarse algún día».

Venezuela, con las mayores reservas de petróleo del mundo, fue sancionada y bloqueada hasta asfixiar su industria. Brasil impulsa su transición energética con grandes represas y biocombustibles, pero Petrobras vive bajo presión política y tentaciones de privatización. Bolivia soñaba con una matriz de gas e hidrocarburos popular y comunitaria, pero el golpe de Estado interrumpió ese camino. Argentina, atrapada entre el gas de Vaca Muerta y el FMI, oscila entre la soberanía y la servidumbre.

Chile y Perú extraen cobre, esencial para toda red eléctrica moderna, pero lo venden sin fundición, sin procesamiento, sin un control real sobre precios ni mercados. Y el litio (ese «nuevo petróleo») se entrega mediante contratos con empresas chinas, australianas y estadounidenses, con mínima capacidad local de transformación o almacenamiento. Los parques eólicos y solares, en muchos casos, también están en manos de fondos extranjeros. El viento sopla, pero no pertenece.

La paradoja es brutal: un continente con todas las fuentes de energía posibles, pero sin energía. Las redes eléctricas siguen siendo frágiles, las industrias aún dependen de los combustibles fósiles, y los pueblos indígenas (que habitaron estas tierras con respeto ancestral) son desplazados en nombre del progreso.

Y así se repite la historia. Como en la época colonial, se extraen recursos para otros. Como en el siglo XX, se industrializan en otros lugares. Como siempre, la planificación viene del exterior.

Sudamérica lo tiene todo, menos el control de su energía. Y si no despierta, volverá a ser una colonia.

  1. América del Norte: el saqueo corporativo y la falsa transición

Estados Unidos consume más energía que cualquier otro país del planeta, excepto China. Pero sus reservas están en declive. No porque se hayan agotado, sino porque han quedado hipotecadas a una lógica de consumo insaciable y a un modelo económico que prioriza el dominio global sobre la sostenibilidad interna. El país que lideró la era del petróleo ahora está impulsando al mundo hacia una transición energética que lo mantiene en la cima, incluso a costa de la verdad.

Litio, gas de esquisto, fracturación hidráulica, tierras raras, la apropiación de aguas subterráneas: todo forma parte del mismo ecosistema de poder. Estados Unidos no solo busca energía; busca el control energético. El gas de esquisto le dio un respiro, pero también contaminó miles de kilómetros de acuíferos. La fracturación hidráulica ha devastado zonas enteras de Texas, Dakota del Sur y Pensilvania. La Casa Blanca habla de energía limpia mientras las comunidades indígenas de Standing Rock y los Apalaches denuncian la destrucción. Y mientras tanto, la matriz energética se mantiene: 60 % combustibles fósiles, 20 % nuclear, apenas un 20 % verdaderamente renovable.

Canadá, bajo su imagen de país verde y socialmente responsable, esconde un modelo extractivista feroz. Empresas como Barrick Gold, Teck Resources, Cameco y Nutrien operan en Latinoamérica, África y Asia con prácticas que serían ilegales en su propio territorio. La minería de arenas bituminosas en Alberta ha dejado una cicatriz ecológica del tamaño de países enteros, y la supuesta neutralidad energética de Canadá se financia con hidrocarburos contaminantes exportados a todo el mundo.

Ambos países, bajo la promesa de una «transición», están desplegando una nueva forma de colonialismo energético. Pero ahora no en nombre del petróleo, sino del litio, el cobre y el hidrógeno. El enemigo ya no es el comunismo, sino la dependencia tecnológica de China. Ya no se trata de invadir Irak, sino de sancionar a Bolivia.

No extraen para sobrevivir. Extraen para dominar. Y en esa ecuación, la energía sigue siendo un arma.

  1. Europa: Dependencia disfrazada de transición

Europa presume de su eficiencia energética, sus políticas verdes, sus aerogeneradores y sus ciudades inteligentes. Pero bajo esa fachada de modernidad se esconde una verdad incómoda: no dispone de suficientes recursos para sostener su modelo. Y lo sabe.

El continente más industrializado del siglo XIX es ahora uno de los más dependientes del siglo XXI. Importa más del 85% de su energía primaria, y la paradoja es brutal: sin minas, con poco litio, luz solar limitada y viento insuficiente, Europa intenta liderar la transición energética global. Pero lo hace con recursos ajenos: con gas ruso (cuando no hay sanciones), con uranio de Níger, con hidrógeno marroquí, con litio boliviano y cobre chileno.

Alemania, Francia y el Reino Unido han apostado por las energías renovables, sí, pero también han reactivado las centrales de carbón cuando el gas escasea. Han subvencionado los coches eléctricos mientras negocian minerales con dictaduras africanas. Y han impulsado una «soberanía verde» que, en la práctica, sigue atada a los cables de Oriente Medio, Rusia y Sudamérica.

La energía nuclear, mientras tanto, divide al continente. Francia defiende sus reactores como la base de su matriz energética. Alemania cerró los suyos y ahora se arrepiente. Polonia quiere construir el suyo, mientras que Italia duda entre apostar por la fisión nuclear o por la energía solar. Pero todos coinciden en una cosa: nadie quiere depender de Moscú, aunque no pueda evitarlo.

La narrativa europea habla de «autonomía energética». La realidad muestra algo más: contratos con Qatar, plantas flotantes en el Báltico, litio comprado a precios de chantaje. La «soberanía» europea es, en realidad, una coreografía diplomática.

Europa vende turbinas, pero no puede calentar sus inviernos sin Rusia. Y esa es la ironía: exporta conciencia ecológica, pero importa los minerales que la sustentan de los mismos países que una vez colonizó. La transición energética europea no es una liberación. Es una reubicación. Cambió la fuente, pero no la dependencia.

  1. Rusia y Asia Central: Reservas que asustan

No es casualidad que Europa tiemble cada vez que Moscú cierra una válvula. Ni que Estados Unidos presione para detener todos los oleoductos que cruzan Ucrania o Turquía. El verdadero poder de Rusia no reside en sus tanques. Está en sus oleoductos. En sus reservas subterráneas. En sus yacimientos congelados que abastecen a medio planeta de gas, petróleo, carbón y uranio.

Rusia es el segundo mayor poseedor de reservas de gas natural del mundo, uno de los mayores productores de petróleo y uno de los pocos países que dominan todo el ciclo de la energía nuclear. A esto se suma su capacidad de exportación, con más de 50.000 kilómetros de gasoductos que conectan Siberia con Europa y Asia. Su energía no solo calienta hogares, sino que también frena las decisiones políticas.

Asia Central es su retaguardia estratégica. Kazajistán posee el 12% del uranio mundial y forma parte de la OPEP+. Uzbekistán aporta gas, petróleo y rutas. Y toda la región forma un corredor energético tan importante como silencioso, cada vez más codiciado por China y vigilado por Occidente.

El poder energético de Rusia no se basa en discursos, sino en infraestructura. En oleoductos que cruzan medio continente. En acuerdos bilaterales que eluden las sanciones. En plantas nucleares construidas por Rosatom en Egipto, Turquía, Hungría y Bangladés. Mientras otros países exportan minerales, Rusia exporta influencia.

Las sanciones de EE. UU. y la UE no han debilitado ese poder. Lo han redirigido. Hoy, Rusia vende más gas a China que a Europa. Ha creado su propio sistema de pagos energéticos. Y ha consolidado su posición en la OPEP+, alineándose con Arabia Saudita para jugar una partida de ajedrez de precios que desafía al dólar y a los llamados mercados libres.

Porque en el siglo XXI, la energía no necesita permisos, ni pasaportes, ni tratados. La energía no necesita visas. Solo oleoductos. Y mientras esos oleoductos sigan funcionando, Rusia seguirá influyendo. Bueno, no desde el aplauso diplomático, sino desde el termostato global.

  1. China: La fábrica que convierte todo en energía

China no solo produce cosas. Produce poder: energético, geopolítico, tecnológico. No necesita poseer todas las materias primas. Solo necesita saber procesarlas mejor que nadie.

El gigante asiático es actualmente el mayor consumidor de energía del mundo, pero también su mayor productor. Genera más del 70 % del carbón que consume. Opera más de 1100 centrales hidroeléctricas. Es líder mundial en capacidad solar y eólica instalada. Controla el 60 % del refinado mundial de litio y fabrica el 75 % de las baterías de iones de litio del mundo. Además, cuenta con un ambicioso programa nuclear: más de 50 reactores en funcionamiento y al menos 20 más en construcción, con tecnología propia.

No tiene todo el litio, pero sí todas las refinerías. No extrae grandes cantidades de uranio, pero construye y opera reactores en serie. No es rico en petróleo, pero tiene reservas estratégicas y acuerdos con Irán, Rusia y África. En lugar de depender de un solo recurso, diversifica sus fuentes y, sobre todo, añade valor.

Mientras Occidente se enfrasca en debates ideológicos sobre la transición energética, China la ejecuta como estrategia nacional. Sus empresas —muchas de ellas estatales o con participación estatal— no solo dominan el mercado interno, sino que también compran plantas, minas y redes eléctricas en Asia, África, Europa y Latinoamérica. Su infraestructura no se limita a acero y cables. Es política exterior.

CATL, BYD, State Grid, China Three Gorges, Sinopec, CNNC. Son nombres técnicos, pero también la columna vertebral del nuevo orden energético. Desde 2015, China exporta centrales eléctricas completas, trenes eléctricos, sistemas solares y sistemas de almacenamiento de energía. No vende materias primas, sino el sistema completo.

Y lo más inquietante para sus competidores es que hace todo esto sin ocupar militarmente ningún territorio. China no depende del mundo. El mundo depende de la energía china. Y en ese equilibrio invertido,
está naciendo una nueva hegemonía: sin bombas, pero con voltios.

  1. India y el Sudeste Asiático: Creciendo con carbón y sol

India quema carbón para impulsar su crecimiento, pero mira al sol con esperanza. Es la paradoja de un país que necesita energía para sobrevivir, pero que también quiere liderar la transición. Más del 70 % de su electricidad aún proviene del carbón, a pesar de ser el cuarto país con mayor capacidad solar. No es por falta de intención. Es por urgencia. La demanda energética supera cualquier política climática.

La demanda es brutal. Mil cuatrocientos millones de personas, y decenas de millones salen de la pobreza cada año, necesitan luz, refrigeración y transporte. Las energías renovables avanzan, pero no al ritmo de la población. Al mismo tiempo, India invierte en reactores nucleares, presas, biogás y parques solares en Rajastán, Gujarat y Tamil Nadu. Pero el carbón sigue reinando. Porque es barato. Porque ya existe. Porque funciona.

Indonesia, Filipinas, Vietnam, Laos y Camboya siguen el mismo patrón: crecimiento caótico, inversión extranjera y destrucción del medio ambiente. La energía proviene de minas a cielo abierto, presas que inundan selvas y centrales de carbón financiadas por Japón, Corea o China. La matriz energética del Sudeste Asiático no está en sus manos, sino en sus deudas.

Mientras Occidente habla de transición energética, en esta parte del mundo la palabra clave es «acceso». Millones de personas aún cocinan con leña. Miles mueren por falta de ventilación. Los parques solares construidos en el sur de Asia abastecen fábricas textiles para Europa, no hogares humildes. Es la misma historia de siempre: producir energía para otros, no para sí mismos.

Y, sin embargo, los discursos son interminables. Hay conferencias sobre el clima en Yakarta. Hay promesas en la COP. Hay discursos en Davos. Pero no hay cables. No hay transformadores. No hay soberanía.

Millones de pobres iluminan los sueños de los ricos. Y el humo del carbón es el precio que pagan por no quedarse en la oscuridad.

  1. Oceanía: Energía para la exportación, pero no para todos

Australia es una superpotencia energética, pero actúa como una colonia exportadora. Produce carbón, gas natural licuado, litio, uranio, hidrógeno verde e incluso energía solar a escala industrial… pero no para su propia población. Su modelo energético no está diseñado para garantizar el acceso, sino para apoyar contratos de exportación con Japón, China, Corea del Sur, India y Europa.

El país es el segundo mayor exportador mundial de carbón térmico, durante años fue el principal exportador de GNL y uno de los principales actores en el sector del litio refinado. Pero estas cifras no se traducen en un bienestar equitativo. Las comunidades indígenas que viven en zonas mineras como Pilbara, Queensland o el Territorio del Norte carecen de electricidad estable y de acceso garantizado al agua potable. El saqueo ocurre a plena luz del día y con subsidios estatales.

Las corporaciones mandan. BHP, Rio Tinto, Fortescue, Woodside y Origin Energy definen la política energética australiana. Deciden qué se extrae, a qué precio se vende y qué temas están prohibidos. Y mientras los discursos oficiales hablan de «transición energética» y «liderazgo climático», el país sigue invirtiendo en nuevos proyectos de combustibles fósiles.

Peor aún, Australia ha convertido partes de su territorio en zonas industriales de sacrificio. Los campos solares en el desierto no están conectados a pueblos remotos. Están diseñados para alimentar plataformas de exportación. Su megaproyecto Sun Cable pretendía enviar energía solar mediante un cable submarino de 5.000 km a Singapur, no a hogares en Alice Springs.

Nueva Zelanda cuenta una historia diferente. Aunque con un volumen energético menor, ha priorizado la generación hidroeléctrica, geotérmica y eólica con un enfoque comunitario. Más del 90 % de su electricidad proviene de fuentes limpias. No ha vendido el alma de su paisaje a las mineras ni a las compañías de gas. No necesita tanto. Vive con menos, pero vive mejor.

Australia no proporciona energía. Proporciona negocios. Y cuando el desierto brilla con paneles solares, no es para calentar hogares, sino para enfriar los balances corporativos.

  1. La Antártida y el Ártico: la energía congelada del futuro

La última frontera energética del planeta no está bajo tierra, sino bajo el hielo. Tanto la Antártida como el Ártico albergan reservas potenciales de petróleo, gas natural, uranio y minerales estratégicos que aún no se han explotado. Pero ya están en disputa.

En el Ártico, el deshielo causado por el cambio climático ha abierto nuevas rutas marítimas y ha expuesto depósitos anteriormente inaccesibles. Rusia, Noruega, Estados Unidos, Canadá y Dinamarca compiten por el control de las plataformas continentales y los pasos septentrionales. Moscú ha desplegado rompehielos nucleares y bases militares. Washington ha aumentado su presencia naval. El Ártico puede parecer frío en el mapa, pero se está calentando en los tratados.

La estimación es brutal: más del 20% del petróleo y el gas sin descubrir del mundo se encuentran en esta zona. Pero también hay litio, tierras raras y agua dulce. La energía del siglo XXI ya está en juego, bajo las reglas del siglo XIX.

En la Antártida, el Tratado de 1959 prohíbe la explotación de recursos. Pero no para siempre. El año 2048 es clave: muchos países ya se preparan para renegociar dicho acuerdo. China ha instalado bases científicas que más bien parecen centros logísticos. El Reino Unido, Chile, Argentina, Australia y Estados Unidos reclaman zonas superpuestas. Todo ello envuelto en discurso científico y lenguaje de protección ambiental. Pero todos saben que el verdadero interés reside bajo el hielo.

Ambas regiones albergan lo que el mundo está perdiendo: reservas vírgenes, ecosistemas intactos y energía sin explotar. El problema no es si se extraerá.
El problema es cuándo. Y quién llegará primero.

El hielo es la próxima mina. Y cuando se derrita, será la guerra. Porque la ambición global no se congela, solo se disfraza de ciencia mientras afila sus cuchillos.

  1. Energía y soberanía o sumisión total

El futuro ya no se discute en cumbres, sino que se negocia en megavatios. No se decide en parlamentos, sino que se firma en contratos energéticos. No se define por ideales, sino que se mide en capacidad instalada y control territorial. En este siglo, la soberanía ya no es un concepto legal. Es una ecuación energética.

¿Quién genera? ¿Quién controla? ¿Quién consume? Esa es la nueva división del mundo. No entre democracias y dictaduras, ni entre izquierda y derecha, sino entre los países que producen energía con autonomía y los que la importan mediante deuda. Entre quienes gestionan sus recursos y quienes venden su matriz energética a cambio de financiación externa.

La llamada «transición energética» se ha convertido en un desfile de promesas verdes sin contenido político real. Muchos países anuncian el fin del carbón, pero dependen del gas licuado importado. Celebran los parques solares, pero sus paneles provienen de China. Hablan de independencia, pero firman acuerdos con las mismas transnacionales que antes les vendían petróleo y ahora les venden baterías.

Mientras tanto, la gente sigue pagando el precio. Con apagones. Con facturas inasequibles. Con territorios sacrificados. Con presas que inundan comunidades. Con yacimientos de litio que secan lagunas milenarias. Con leyes de concesión redactadas por bufetes internacionales. Todo para alimentar una matriz energética que no pertenece a quienes viven bajo ella.

Porque lo que está en juego no es solo cómo generamos energía, sino para quién
y en qué condiciones .

No hay transición sin justicia.
No hay futuro sin soberanía.
No hay desarrollo sin un control real del kilovatio. El resto es marketing disfrazado de política: un hermoso discurso enchufado a un enchufe ajeno.

El siglo XXI será eléctrico, solar, verde o nuclear. Pero si no es soberano, será una esclavitud oculta.
Este no es solo un debate energético. Es político. Quien controle el hidrógeno verde en los próximos 20 años controlará la industria, el transporte, los alimentos, el comercio mundial. Controlará el futuro.

Y el futuro no se puede esperar.
Hay que disputarlo.

 

Categorías: Economía , Internacional
Etiquetas: Energía

Mauricio Herrera Kahn
, Ingeniero Mec
ánico egresado de la Universidad Técnica del Ecuador (UTE) en 1975, cuenta con más de 45 años de experiencia en el sector de la ingeniería minera y el desarrollo de proyectos. Ha ocupado cargos como Gerente General, Gerente de Proyectos y Jefe de Ingeniería en empresas nacionales e internacionales, donde lideró estudios y la ejecución de proyectos bajo el modelo EPCM (Gestión de Ingeniería, Procura y Construcción). Actualmente es Gerente General de HyB Ingenieros, donde desarrolla estudios y análisis de nuevas plantas y procesos con gastos de capital y gastos operativos a nivel de ingeniería. Durante varios años, ha escrito artículos y columnas sobre análisis social, político y económico nacional e internacional.